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Archive for the ‘Personales’ Category

Sentí los 39


El tiempo pasa, y yo me doy cuenta.

39 es un número agradable, el tres me recuerda las primeras posiciones en una competencia, generalmente los que obtienen reconocimiento, el nueve es un número cuyo símbolo gráfico me gusta asociar a alguien de pie, erguido, aunque con un ligero desbalance, sin llegar a caer. Además el nueve parece ser “consecuencia” del tres, ya que 3×3=9 (la tabla del 3 era de mis favoritas, no así la del 9 que entraba en la categoría mental de “semicomplicada”, la del 8 la clasifiqué como “complicada”), pero bien, aparte de las referencias aritméticas hay otras cosas que decir.

Estoy convencido de la importancia de disfrutar cada etapa que se vive, ninguna es necesariamente mejor que otra, la abrumadora carga de evidencia sugiere también que vamos en un proceso inevitable de envejecimiento, sin embargo también hay evidencia que sugiere que con los años se adquieren nuevas experiencias, eso es positivo, y puedo dar testimonio de ello.

Me considero feliz, hago evaluación de etapas en mi camino existencial y encuentro diferencias notables, se pueden notar las huellas del tiempo, a partir de allí identifico una tendencia, la de ir construyendo, lo que se va construyendo no sabría definirlo con un mejor término que madurez, y es una construcción pero a la vez es un descubrimiento.

Que me considere feliz no significa que no hay retos actuales y futuros, claro que sí, es la naturaleza de la experiencia vital, desafíos constantes, cambios constantes, sin embargo, entre ese fuego existencial he alcanzado serenidad para aceptar aquellas cosas que no puedo cambiar, y para luchar por aquellas que sí puedo cambiar.

Celebré, con familia y amigos compartimos momentos de comunión, recibí palabras, sonrisas y abrazos, que me llenan profundamente. Recibí también llamadas y mensajes por medios electrónicos (como Facebook), percibí afecto, interés, cariño, lo cual fue sumamente gratificante. Ahora estoy en la ruta hacia los 40, implica seguir evolucionando, otros descubrimientos y otras puertas que se abren, otras luces que se encienden.

Terminaré con una anécdota del día de mi cumpleaños, me sirvió para ilustrarme un poco acerca de algunos cambios, a veces no notamos los cambios internos hasta que un evento externo los expone.

Me retiraba del Espresso Americano en el Metro Mall de Tegucigalpa, subí las gradas y avanzaba por el pasillo que conduce al estacionamiento, delante mío iba una joven, de pantalones ajustados que hacían justicia a sus proporciones curvilíneas, pero lo que me llamó más la atención fue su blusa, vista desde la parte de atrás, desde la posición que otros caballeros y yo teníamos, se apreciaba que la misma solamente cubría una mitad vertical de su espalda, la otra mitad estaba descubierta, como si la blusa tuviese algún botón que uniese las dos mitades y este se hubiese desabrochado, dejando la mitad de tela suelta, pude observar que del lado derecho llevaba una enorme cartera, imaginé entonces que la cartera le había aprisionado la mitad faltante y que ella no se daba cuenta.

Era tal la exposición que se podía ver la tira horizontal del brassiere color negro apretando su piel y haciendo un atractivo contraste visual. Pude haber seguido mi camino atrás de ella, faltaban apenas unos cuantos pasos para llegar a la salida, y después se perdería en el mar de gente, y yo me hubiese quedado con una atractiva imagen mental, hubiese sido otro incidente insignificante en un día especial.

Pero no lo hice, decidí acelerar el paso, alcanzarla y hablarle, algo en mi interior se activó, como un sentido de solidaridad desinteresada (tampoco sabría cómo definirlo), y le dije, modulando la voz y quizás con cierta pena ajena: “joven, disculpe, fíjese que creo que con su cartera jaló la parte de atrás de su blusa y le quedó abierta por detrás”, ella me sonrió y me miró, plantó una mirada entre compasiva y simpática y me dijo: “no, no es eso, es que así es la blusa”, siguió sonriendo, yo sonreí y nos despedimos. Y allí, en ese momento, sentí los 39.

Raúl Otoniel (5 de junio de 2013)

El amor no se busca


El amor no se busca, el amor sucede, se genera, se transforma y evoluciona, puede extinguirse si no se adapta a las presiones del entorno, en cambio puede prevalecer y prosperar si se hacen los ajustes necesarios.

En ese sentido es una conquista heroica, pues lo indescifrable e indefinible se impone ante lo predecible y cuantificable.

Se desgarra el velo y se profana el templo antiguo, un nuevo santuario se edifica y se dedica a un dios o una diosa mortal, pero cuya ausencia parece igualmente mortal.

Se incineran los diccionarios y de entre sus cenizas alza vuelo un nuevo lenguaje con alas doradas y sonidos de murmullo de pinares, lenguaje celestial que anuncia la primavera del espíritu.

Raúl Otoniel (19 de mayo de 2013)

Lo último que se pierde


La esperanza, según algunos es lo último que se pierde, pienso que a veces es lo primero que se pierde, en cuyo caso, simplemente ya no hay caso.

La voluntad es realmente lo último que se pierde, pues cuando se ha perdido la esperanza, aun queda un impulso vital que recupera la esperanza perdida, o que descubre una nueva razón para creer.

Si se apaga la voluntad el sistema colapsa, no hay propulsión y se entra en parálisis, el combustible de la voluntad se llama libertad, ese combustible se produce dentro de las presiones espaciales y temporales, durante la interacción entre cuerpo y mente, en su versión refinada y procesada se entiende como la capacidad de asumir con objetividad nuestra condición humana y la responsabilidad sobre nuestros actos.

La libertad es un recurso inagotable, pero no se adquiere sin sacrificio, hay que sacrificar el ego, el orgullo y la codicia. No es sencillo, como sucede en cualquier yacimiento natural, extraer el recurso implica que se abran zurcos, se perforen muros, se dinamiten barricadas, una vez removidos los escombros podemos extraer libertad, impulsar la voluntad y generar esperanza.

Raúl Otoniel (18 de mayo de 2013)

Mas allá de las palabras


No todo es expresable en sílabas, oraciones y párrafos.

Hay situaciones que están más allá de una calificación y clasificación. Superando la capacidad de descripción de las palabras está el vínculo materno.

La existencia humana es una historia con idas y vueltas; subidas y bajadas; escritos, tachones y borrones, sin embargo una palabra que resalta en ese inmenso cuaderno humano es la palabra mamá.

Ríos de tinta y cascadas de pixeles han desbordado desde que el humano tiene memoria y herramientas de expresión, todo con el propósito de entender y explicar el fenómeno de la maternidad, quizás es una fuerza única en la dimensión humana, que aunque no se pueda entender y explicar totalmente, de forma total imprime su firma en el libro de la historia.

Felicidades a las mamás y a las que lo serán, y un homenaje a la memoria de las que ya no están con nosotros.

Raúl Otoniel (12 de mayo de 2013)

Pozos de tristeza


Porque no todo es una película de princesas y princesos de Disney.

El tornillo se aflojó, la silla se cayó, la mano se quebró, el café se derramó, y el líquido jodido cubrió con lenta constancia, casi con estudiado sadismo lo que antes era limpio y brillante. Sí, la existencia es impredecible.

Un pozo es una fuente de optimismo en el mejor de los casos, se extrae líquido de júbilo, una cubeta y una cuerda con solemne dignidad roban a las profundidades su savia de cristal.

Oro negro de pozos más profundos brota como cuervos deformes, dragones vestidos de luto que barriles contendrán, fósiles que mueven al mundo.

Ningún pozo es seguro para el humano, aún los que producen riqueza aseguran riesgo, de caer y quebrar coyunturas, de caer y ahogarnos. Pero hay unos pozos peores, su origen es indeterminado, digamos que en el transcurso de la existencia han aparecido en el terreno del tiempo, otros son de construcción humana, excavamos queriendo encontrar la tiniebla y el refugio propio del avestruz. Estos pozos son los más peligrosos, al caer se quiebra el espíritu, nos ahogamos en tristeza, allí no hay luz, allí la Luna no luce, simplemente cuelga de la negra cortina; allí las estrellas no sirven de guía, simplemente son puntos incoherentes en el tapiz infinito, y es allí donde el humano a veces se interna.

Obviamente esta no es otra publicación hecha para exaltar las miserias de la vida (hay medios noticiosos que se encargan con singular maestría de hacerlo), tampoco es una oportunidad del autor para ventilar frustraciones personales (no quiere decir que nunca me frustre, a veces lo hago y al igual que el resto de la especie humana tengo que asumir esa realidad y seguir adelante), lo que quiero es establecer un diálogo, quizás un guiño cómplice y empático, a quien esté en uno de esos pozos, no sabemos la profundidad ni la gravedad del daño, ni seré tan pretencioso de sugerir que entiendo las razones o circunstancias, nada más es un gesto, un gesto que dice: yo he estado allí, y otros antes que yo, me atrevería a afirmar que en el recorrido humano ningún ser ha evitado caer allí, posiblemente es parte infranqueable del trayecto, se requiere voluntad para salir, se puede salir.

Lo escribe alguien que está absolutamente seguro de que en el futuro tropezará muchas veces, y que siente la plena convicción de que se levantará igual cantidad de veces.

Sí, la vida no es cuento de princesas ni de princesos (por alguna razón inexplicable la palabra princeso se ha “colado” en las conversaciones y mensajes en el ciberespacio), pero tampoco es una tragedia griega, en la que todo está escrito de antemano para que el individuo sea aplastado por un destino despiadado, ni lo uno ni lo otro.

Los cosmólogos con sensibilidad poética dicen que somos polvo de estrellas, los poetas con visión cosmológica dicen que somos la estrella generadora de luz universal. Ambas concepciones me gustan, está en nosotros convertir los pozos de tristeza en volcanes que eruptan fuego renovador.

Raúl Otoniel (29 de abril de 2013)

Reconectar


Sí, porque hay veces que se cae la conexión.

Hoy disfruté de una mañana diferente, me encontré con dos parejas de amigos y sus respectivos bebés, lo especial fue que hacía muchos muchos meses no nos veíamos, ni compartíamos tiempo de calidad, y en esas condiciones nos reencontramos, la pareja anfitriona nos recibió con cordialidad y alegría, compartimos un desayuno ante una mesa llena de exquisitez, pero sobre todo familiaridad.

Hubo banda ancha, nodos y enlaces funcionaron, el wifi fue tan eficiente que no se interrumpió la señal en todos los canales utilizados: lo verbal, lo gestual, las miradas, etc. Es decir que hubo 3D real y sin distorsiones.

A veces, por diversas razones, nos desconectamos de las personas, debido a que trabajos, responsabilidades, y algunas actividades que entrarían en la categoría de distracciones, nos absorben al extremo de suspender la comunicación, y si dejamos pasar mucho tiempo se cortan los lazos, y hasta se borran las huellas que hemos dejado o que nos han dejado los demás.

Este relato / reflexión / prosa ensayística (ni siquiera sé si existe esa clasificación) busca tocar ese punto.

Me ha sucedido que mientras he estado en una relación sentimental con alguna novia, el resto del mundo pareció desaparecer, y me olvidé de amigos y amigas, sentía una sensación de plenitud tal que abandoné a las amistades que siempre estuvieron conmigo, en buenas y malas, pero al acabar mi relación entré en vértigo social, no sabía cómo reencontrar la familiaridad con aquellas personas a las que había olvidado. Con el tiempo he ido aprendiendo de esas experiencias.

En algunas ocasiones simplemente nos queremos volver ermitaños y sin reflexionar demasiado en el tema, asumimos que nadie es capaz de comprendernos y que por tanto lo más conveniente es extirparnos del círculo humano al que hemos pertenecido y con el que aún tenemos mucho en común, de más está decir (o quizás no) que es otra actitud poco provechosa, válida porque al final de cuentas es la voluntad del individuo, pero poco rentable en términos de equilibrio emocional.

Lo mejor de la experiencia de esta  mañana (aunque admito que los panqueques estaban muy buenos) fue descubrir que a pesar del tiempo transcurrido, cuando ha existido aprecio, se reconecta y se reconocen gradualmente los espacios compartidos previamente, y a su vez se apropian las nuevas realidades vigentes hoy en las vidas de las personas, es una celebración al cambio y a la necesidad de reconocer la naturaleza dinámica de la vida, que en sus matices y tonalidades no deja de sorprendernos.

El anfitrión nos contaba que está leyendo la biografía de Benjamin Franklin, un voluminoso libro en cuya portada pude observar una discreta imagen del distinguido político, científico e inventor estadounidense (entre sus muchos logros se cuenta el de explicar los procesos mediante los cuales funciona la electricidad). Incluyo este fragmento de recuerdo porque esta noche, mientras recorría una acera bajo la luz de lámparas de alta potencia luminosa, reflexionaba que la electricidad no es un invento (un buen amigo hoy también recordaba ese hecho), es un descubrimiento, es una fuerza poderosísima que está allí, disponible, pero que necesitó dedicación y esfuerzo por parte de muchas personas, incluyendo al señor Franklin, para llegar a convertirse en energía aprovechada por los humanos.

Quizás el tema de las relaciones humanas es similar, a lo mejor no hay que “inventar el agua caliente”, quizás se trata de descubrir la energía que está allí, a veces dormida en nosotros, esperando a que reconectemos y se encienda la chispa. Agradezco a mis amigos por brindar esa oportunidad.

Hay un libro que forma parte de la tradición religiosa judeocristiana, se llama Eclesiastés (viene justamente de la palabra griega Ekklesia, que quiere decir asamblea o congregación), no lo he estudiado a profundidad, pero hay elementos en el mismo que encuentro muy valiosos, una de las frases más reconocidas del texto en cuestión es la siguiente: “..hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol..”, yo agregaría que también hay tiempo para reconectar, y que no tengo que inventarlo, sencillamente descubrirlo.

Raúl Otoniel (28 de abril de 2013)

Escuché los pájaros


Y no, no de los que escucha un presidente latinoamericano, no soy experto pero creo que éso se llama alucinación.

Hablo del sonido de pájaros reales, de los que se acercan a los árboles y de vez en cuando aterrizan sobre nuestros patios, buscando algo qué comer. Fue por la mañana, después de que recibí la visita inesperada de los Testigos de Jehová, en un interesante intercambio de ideas traté de convencerlos (sí, imagínese usted, yo tratando de convencerlos) de que en realidad no vivimos tiempos de apocalipsis, y que la situación de hambruna, pestes y guerras de hecho ha estado mucho peor en otros momentos de la historia, y que más bien en términos globales hemos hecho avances tan espléndidos que personalmente no deseo vivir en otra época anterior (en todo caso sería interesante vivir en una época futura).

Después de esa conversación y cuando pude ver a las dos señoras seguir su camino bajo un inmenso sol, comencé a notar el sonido de las aves, me llamó la atención que eran más de las nueve de la mañana, por lo general he asociado el sonido de los pájaros con las primeras horas de la madrugada, aparentemente continúan su faena (cualquiera que sea, tampoco es que soy fan de las aves) durante toda la mañana.

Escoba en mano (sí, me puse a barrer, hacía falta), comencé a recordar y un pensamiento invadió mi esfera cognitiva, recordé una madrugada hace algunos años, mientras me despedía de una amiga frente a su casa, habíamos pasado platicando, nos habíamos reído y pudimos encontrar un espacio común de aprecio, casi amanecía, pero era mayor la oscuridad, pude ver sus ojos, preciosos ojos, siempre le manifesté que me encantaban, mientras alrededor nuestro los pájaros anunciaban su presencia, ambos comentamos lo bonito que se sentía escucharlos en ese momento.

No tuve valor de robarle un beso, y nunca se presentó otra oportunidad similar. Me despedí y emprendí mi camino convencido de que la noche era menos inmensa. Tiempo después la existencia siguió su curso, nuevos nombres y nuevos ojos llegaron a nuestras vidas, nuevos sonidos, y nuevos amaneceres.

Personalmente tuve que poner una lápida a ese recuerdo, no por pesar o tristeza (es un bonito recuerdo), pero sí por objetividad, hay cosas que se experimentan, y después se cierran como capítulos de libro, la lápida que puse es pesada, casi como una represa, quizás pienso en las represas porque administran caudales, y los caudales emocionales hay que administrarlos adecuadamente, para que ni desborde el río, ni se seque la fuente, ni se desperdicie energía.

Terminé de barrer, pensé en algo adicional, mientras barría tuve que remover sillas y otros objetos, a veces hay que remover cosas, para limpiar la casa y que entre la luz. “Mirad las aves del cielo…” dijo sabiamente alguien hace mucho tiempo, bueno yo las veo, y a veces las escucho.

Raúl Otoniel (24 de abril de 2013)

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