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Pozos de tristeza


Porque no todo es una película de princesas y princesos de Disney.

El tornillo se aflojó, la silla se cayó, la mano se quebró, el café se derramó, y el líquido jodido cubrió con lenta constancia, casi con estudiado sadismo lo que antes era limpio y brillante. Sí, la existencia es impredecible.

Un pozo es una fuente de optimismo en el mejor de los casos, se extrae líquido de júbilo, una cubeta y una cuerda con solemne dignidad roban a las profundidades su savia de cristal.

Oro negro de pozos más profundos brota como cuervos deformes, dragones vestidos de luto que barriles contendrán, fósiles que mueven al mundo.

Ningún pozo es seguro para el humano, aún los que producen riqueza aseguran riesgo, de caer y quebrar coyunturas, de caer y ahogarnos. Pero hay unos pozos peores, su origen es indeterminado, digamos que en el transcurso de la existencia han aparecido en el terreno del tiempo, otros son de construcción humana, excavamos queriendo encontrar la tiniebla y el refugio propio del avestruz. Estos pozos son los más peligrosos, al caer se quiebra el espíritu, nos ahogamos en tristeza, allí no hay luz, allí la Luna no luce, simplemente cuelga de la negra cortina; allí las estrellas no sirven de guía, simplemente son puntos incoherentes en el tapiz infinito, y es allí donde el humano a veces se interna.

Obviamente esta no es otra publicación hecha para exaltar las miserias de la vida (hay medios noticiosos que se encargan con singular maestría de hacerlo), tampoco es una oportunidad del autor para ventilar frustraciones personales (no quiere decir que nunca me frustre, a veces lo hago y al igual que el resto de la especie humana tengo que asumir esa realidad y seguir adelante), lo que quiero es establecer un diálogo, quizás un guiño cómplice y empático, a quien esté en uno de esos pozos, no sabemos la profundidad ni la gravedad del daño, ni seré tan pretencioso de sugerir que entiendo las razones o circunstancias, nada más es un gesto, un gesto que dice: yo he estado allí, y otros antes que yo, me atrevería a afirmar que en el recorrido humano ningún ser ha evitado caer allí, posiblemente es parte infranqueable del trayecto, se requiere voluntad para salir, se puede salir.

Lo escribe alguien que está absolutamente seguro de que en el futuro tropezará muchas veces, y que siente la plena convicción de que se levantará igual cantidad de veces.

Sí, la vida no es cuento de princesas ni de princesos (por alguna razón inexplicable la palabra princeso se ha “colado” en las conversaciones y mensajes en el ciberespacio), pero tampoco es una tragedia griega, en la que todo está escrito de antemano para que el individuo sea aplastado por un destino despiadado, ni lo uno ni lo otro.

Los cosmólogos con sensibilidad poética dicen que somos polvo de estrellas, los poetas con visión cosmológica dicen que somos la estrella generadora de luz universal. Ambas concepciones me gustan, está en nosotros convertir los pozos de tristeza en volcanes que eruptan fuego renovador.

Raúl Otoniel (29 de abril de 2013)

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