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¿Hay memoria táctil no?


Y aunque a veces la mente nos engaña, y aunque a veces confundimos sueños con recuerdos y recuerdos con sueños, y terminamos en tierra de nadie (Limbo terrestre), aun así hay planos de la memoria fascinantes.

El aroma que dispara efluvios de recuerdos, y con estos vienen imágenes que activan otras regiones del cuerpo en respuesta a un estímulo sensorial y a la película mental en la que participamos como productores, directores y protagonistas (en ocasiones hasta música le agregamos).

Hoy traje a mi mente una memoria táctil (de esas que no tienen que ver con sexo, pero que también generan placer y en este caso especial una sensación de viaje interior), mientras observaba a través de capas de cristales con diversos grosores que sirven de mostrador en el café al que a veces voy por las tardes, mi ojo intentó penetrar los diversos niveles en que se exponen los postres, explorando sentí casi como si los tocara y justo allí, como un interruptor que se enciende, algo se iluminó y me paralizó.

Viajé a algunos momentos de mi infancia, a un municipio llamado Morocelí, es importante en este punto contar que mi familia tiene orígenes campesinos, tanto por el lado de mi mamá como por el lado de mi papá, mi ascendencia no pertenece a la urbe ni a la metrópoli, por lo que en mis primeros años principalmente, tuve la oportunidad de saborear el entorno del interior del país, experimenté las sensaciones propias de las comunidades rurales, eso sí, sin los rigores de quienes se dedican a la actividad productiva, puesto que yo iba de visita (en algún momento sí experimenté los trabajos y el esfuerzo asociado a las actividades agrícolas pero fue en una época posterior), para quien no lo ha vivido y para quien no forma parte de su historia familiar quizás sea fácil desestimar el valor que todo esto tiene, en mi caso hay mucho de positivo que valoro de algo que considero parte de mi herencia cultural y formativa.

Mi abuelo por parte de papá se dedicó a la agricultura como medio de sustento, un hombre de personalidad recia, y ojos que se podían perder en el horizonte, luchador que no llegó a ser terrateniente ni potentado local, pero que salía adelante con dignidad y sacrificio.

La casa que yo visitaba era de muros elaborados con adobe y en algunas secciones piso de cemento, durante la temporada de cosecha de granos básicos era frecuente que en la sala principal se encontrasen costales llenos de maíz y frijoles, y hacia allí va mi recuerdo táctil: en temporada de calor solía introducir mi mano dentro del costal con granos, hasta la altura de la muñeca, a veces un poco más, me encantaba la sensación de frescura que sentía, ésa sensación es la que hoy reviví mientras visualmente penetraba capas de vidrio.

La mente es maravillosa y a veces nos lleva en viajes insospechados, me alegro de ello.

Raúl Otoniel (10 de abril de 2013)

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