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“Je lis donc j’écris”. Leo, luego escribo


Este título es una modificación de una frase muy conocida expresada por un pensador francés en el siglo diecisiete, el intelectual es René Descartes, la frase original dice “Je pense donc je suis”, significa: pienso, luego (por tanto) existo.

No sé hablar o escribir francés, tomé unos cursos hace varios años y los disfruté mucho, pero no culminé la formación, sin embargo llegué a interiorizar un aprecio singular por el idioma, la riqueza sonora siempre me encantó, y de hecho cuando tengo oportunidad de decir alguna palabra en francés, olvido la modestia y me esfuerzo por emitir la pronunciación correcta, a lo mejor existe allí un deseo de impresionar. De cualquier forma, cuando se me pregunta al respecto soy honesto y admito que tengo conocimientos bien limitados.

Lo otro que he adorado ha sido el aporte intelectual de muchos pensadores franceses, así que no es casualidad este título en un idioma que considero particularmente bello (aunque esté muy lejos de dominarlo).

Volviendo a la frase “pienso luego existo”, la misma fue un postulado que reafirmaba una certeza esencial, la del ser, la de la existencia, algo así como una certeza a partir de la cual muchas más se desprenderían. Pues bien, esta publicación no es sobre Descartes, aunque robé inspiración de su frase para mi título, sin embargo, al igual que él, yo inicio desde una certeza: leo, luego (por tanto) escribo.

Hoy pensaba al respecto, sobre lo indispensable que es para mí la lectura, y considerando que en algunos momentos me he aventurado a escribir poemas, pensamientos, reflexiones, ensayos y otros, caí en la cuenta que para escribir es necesario leer.

Hoy recordé el discurso que con motivo de recibir el premio Nobel de literatura en 1999 brindó el escritor alemán Günter Grass, es una pieza de oratoria brillante, acompañada de una estupenda dosis de reflexión intelectual, en ese discurso el autor mencionaba su obsesión desde muy niño con la lectura y cuenta cómo en determinado momento estaba tan absorto en su labor, que su madre para demostrarle a una vecina el nivel de concentración del joven, tomó un jabón (quizás Palmolive, según estima el autor) y lo colocó en sustitución de un pan que el pequeño Günter tenía en su mesa, pan que mordía cada cierto tiempo, el joven sin darse cuenta del reemplazo hecho por su madre  para alardear con la vecina, tomó el jabón, lo mordió y pasó un buen rato antes de darse cuenta del error y reaccionar, así de intenso puede ser el hábito.

Yo no soy Günter Grass, pero hace unas pocas noches una amiga que trabaja en un café de un centro comercial y que me observa leer allí, me preguntó que cómo hacía para concentrarme, pues hay música del local mezclada con música ambiental del centro comercial; hay murmullo de la gente entrando y saliendo; a veces niños riendo sonoramente, etcétera (solamente para enumerar las potenciales distracciones sonoras, sin entrar en las visuales).

La pregunta me hizo detenerme un rato, mover los ojos de un lado a otro y ser consciente de mi respiración, después de razonar por un par de segundos le respondí que es la costumbre, y que poco a poco con el hábito he desarrollado capacidad de concentración (OK, no al punto de morder un jabón accidentalmente), de manera que es como entrar en otro universo sin abandonar totalmente el plano de la realidad donde me encuentro. Casualmente el libro que estaba leyendo en ese momento era de Günter Grass.

Hay un elemento que refuerza mi planteamiento inicial, partiendo de mi experiencia y dejando de lado el testimonio de escritores que confiesan ser grandes lectores, el elemento en cuestión es haber comprobado que entre más leo, más agrego fuentes de ideas a mi centro mental de almacenamiento y procesamiento; descubro palabras y formas de colocarlas; también descubro enfoques de pensamiento.

El resultado es crear a partir de nuevas palabras y nuevos enfoques, añadiendo mi pensamiento individual, haciendo una reconversión de la materia prima recientemente adquirida. Y cuando he dejado de leer o disminuyo la lectura, también lo noto en mis escritos, y hasta en mi forma de hablar, es como que al terreno le entraron menos nutrientes, por tanto la cosecha será de menor calidad.

En mi opinión, cualquier persona que considere escribir, necesita leer, además es también un acto de humildad, pues conlleva reconocer que necesitamos abrevar en otras fuentes. Si los ganadores de premios Nobel lo han hecho y lo continúan haciendo, con mucha más razón lo deberíamos hacer quienes de vez en cuando incursionamos en este mundo creativo.

Hoy podemos leer en diversas plataformas, puede ser el clásico libro impreso en papel; puede ser en archivo PDF leído en una computadora o en una tablet; puede ser mediante un dispositivo celular; hay muchas maneras de hacerlo, ya no tenemos excusa para no leer, pues la Web nos ofrece muchas opciones, una gran cantidad de ellas gratuitas para acceder a ese universo.

Y ya para finalizar, opino que no hay lectura insignificante, siempre podemos extraer algo de valor de la palabra escrita.

Leo luego escribo.

Raúl Otoniel (25 de mayo de 2013)

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