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Hombre de paz, parte 2


“Cuatrojos”, fue lo que un vendedor ambulante de accesorios para automóvil me gritó, molesto y hasta cierto punto ofendido, porque mientras yo esperaba en la fila a que el semáforo hiciera el cambio a verde, él se me acercó a la ventanilla del carro para ofrecerme sus productos, mi reacción inmediata fue gesticular indicando desinterés, cerrar el vidrio y activar el seguro de la puerta, ese “click” del seguro él lo escuchó y originó su reacción, pude escuchar que además del descalificativo sobre mis prótesis visuales (que de una forma u otra he escuchado desde la escuela primaria) dijo algo así como “¿Pensás que soy delincuente?”.

Lo que hice fue verlo, con una mirada desafiante, de mis dos ojos (no de cuatro, hago la aclaración espero que no tan necesaria), y proseguí mi ruta. Sin ánimo de defenderlo, diré que comprendo la sensación incómoda producto de que se asuma algo negativo sobre uno, especialmente si uno es inocente (encabrona). Sin ánimo de condenarlo diré que en el clima de tensión social que se vive, su estrategia comercial y de retroalimentación hacia el cliente potencial necesita serios ajustes (no se necesitan anteojos para ver ciertas realidades).

Quizás en otro momento de mi vida hubiese “soltado las amarras”, tomando una actitud más confrontativa, como para no dejar “que él ganara”.

Y ese punto quiero tocar, al hablar de “hombre de paz”, he enfatizado que es un acto de la voluntad, que implica conciencia y moderación. Pensé varias cosas en aquel momento, por ejemplo consideré la naturaleza de su trabajo, objetivamente, sin condescendencia, concluí que es de naturaleza ruda, expuesto al sol intenso y a veces a la lluvia, recibiendo sin duda en más de alguna ocasión el efecto de miradas de menosprecio, y encima de eso reducidas utilidades por venta enmedio de una crisis económica. Traté de ponerme en sus zapatos.

También consideré que aunque el insulto recibido fue inmerecido, pues al final de cuentas es mi carro, es mi ventanilla y es mi puerta y los puedo asegurar en el momento que quiera, no era lo correcto dejar que un incidente pequeño pasase a más, que en todo caso a mí me correspondía construir paz, internamente y después demostrarlo con mis actos, es allí cuando uno se da cuenta que no es sencillo, y también se da cuenta uno que en las “pequeñas” cosas yace la oportunidad de poner en práctica aquello que resultará en grandes cosas. Todos podemos construir paz.

Mientras observaba el diario con la noticia de la tregua promovida por el señor Emiliani, no pude evitar fijarme en la mirada de uno de los jóvenes mareros que el fotógrafo incluyó en su toma, fue ineludible para mí pensar que independientemente de la atrocidad que esa persona haya cometido, el mal ya estaba hecho, y que la venganza no iba a recuperar a un ser querido muerto a manos de delincuentes, quizás ofrezca una satisfacción personal temporal, pero no recuperó a nadie, esa vida se perdió para siempre del plano existencial en que vivimos, es irrecuperable. Matar 100 no revive a uno solo, se cumple el adagio de “ojo por ojo y todos acabamos ciegos”. Prefiero los “cuatro” que ahora tengo a no tener ninguno.

Lo que sí se puede recuperar mediante el esfuerzo de toda la sociedad es a algún joven, que sin orientación y rumbo decida lentamente buscar alternativas al margen de la ley, que más pronto que tarde lo lleven a cometer actos de horror que desafortunadamente ocupan portadas en los periódicos. Eso sí es recuperable, y cuando hay gente que hace esfuerzos encaminados en ese trayecto, yo lo celebró, y si es noticia de portada de diarios, con más razón.

Otra buena noticia es que no hace falta ser Monseñor Emiliani para construir paz, recientemente en un bulevar, y sin haber operativo de seguridad instalado, pude observar a un policía haciéndome señal de detenerme, tuve tiempo de frenar y verificar que él no tenía indumentaria de la Dirección de Tránsito, personal que usualmente se encarga de regular el tráfico, de mala gana me detuve preguntándome “¿Por qué me atrasa?”.

No había observado bien, en el otro lado del bulevar permanecía un grupo de mujeres y niños tratando de cruzar, por eso me detuvo, para que cruzaran sin riesgo, quizás esa acción no estaba especificada en su Manual del Puesto, pero sí estaba en su consciencia (esa es la fábrica de lo que somos), entendí que él también puede construir paz, y seguí mi camino.

Raúl Otoniel (30 de mayo de 2013)

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