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Llueve sobremojado


Llueve sobremojado, nunca entendí muy bien el significado de la expresión, en realidad la idea es que llueve sobre lo que ya está mojado, o sea hay abundancia, exceso de lluvia, sobreabunda la humedad.
La capital del país encaja adecuadamente en la expresión, pues años de descuido, abandono y fatal negligencia la han convertido en una zona vulnerable, de alto riesgo, tierra muy mojada, indefensa en buena medida ante cada nueva lluvia.
No es problema de la lluvia, lo último que nos falta es rogar a (inserte deidad o fuerza sobrenatural de su preferencia aquí) para que deje de llover, éso desafiaría la lógica, pues la lluvia es necesaria, tan necesaria que en determinados momentos se pide que venga la lluvia, así que no es un tema de si llueve o si no llueve. Está claro que tiene que llover, y esto más, me encanta cuando llueve con truenos y despliegue luminoso en el cielo, hay algo profundamente espiritual y energético en ver a la naturaleza liberarse con potencia extrema, tanto es así que no puedo menos que contemplar con asombro dicho espectáculo. El universo clama en todo su esplendor.

No me gusta ver el sufrimiento, y tampoco experimentarlo. eso no, la única manera en que puedo hacer coexistir mi pasión por el desborde natural de poder en sus diversas formas por parte de nuestro planeta y el sentido natural de empatía y solidaridad que como humano tengo ante el sufrimiento ajeno es la siguiente: hago un ejercicio mental que consiste en analizar objetivamente los hechos. Considero situaciones que me sirven de ejemplo en este proceso, como el hecho de saber que en otras regiones del planeta no solamente llueve intensamente, también cae nieve, tormentas de nieve, de manera que una lluvia intensa de menos de una hora de duración (algo que para nosotros es furia de la naturaleza desbordada), para ellos representa un aburrido bostezo del ecosistema.

En este punto hago una pausa, reflexiono y evalúo los resultados, como parte por supuesto del ejercicio mental que he emprendido, sucede pues, que los resultados en ése lugar hipotético del planeta (llamémosle New Jersey, puede ser cualquier otro no tengo preferencia por uno en particular, sé que encontraríamos muchos así) y los resultados en Tegucigalpa, son muy diferentes.

¿Cuáles son los resultados? Aquí en Tegucigalpa es destrucción y muerte en escalas devastadoras; allá son molestias y en casos extremos la pérdida de una pequeña fracción de infraestructura (que en pocas semanas estará recuperada). Hecha esta comparación, trato de concebir una explicación para resultados tan dispares, empiezo descartando alguna hipótesis, por ejemplo la idea de que la diferencia en resultados viene dada por la naturaleza del fenónemo climatológico, es una idea interesante pero simplemente insostenible, puesto que el fenómeno del lado “de allá” tiene un potencial infinitamente más devastador que el fenómeno del lado “de acá”. Descartada esa hipótesis avanzo en mi ejercicio, llego a algo que debería ser evidente (a veces se nos escapan las realidades más obvias), la diferencia la hacemos nosotros, sí, usted y yo, y los otros que están aquí, esa sería una forma de conclusión del ejercicio mental, pero ampliaré al respecto.

La ciudad es vulnerable porque así la hemos edificado, la hemos debilitado, tanto de manera consciente como de manera inconsciente, pero el hecho es que no tenemos que buscar responsables más allá de nuestras fronteras, ni más allá de este plano existencial. Lo poco que hemos logrado en trabajos de mitigación de daños a veces se pierde por el poco trabajo en labores de prevención (lo de “robarle” el cauce a los ríos es altamente desaconsejable, y edificar encima, es desastre garantizado).

Se me ocurre que si se quiere abordar seriamente el tema, se debe empezar por vernos al espejo y reconocer nuestro papel en esta historia que se repite, con los mismos protagonistas y con los finales trágicos de siempre (las tragedias en literatura son fuente maravillosa de inspiración, pero justamente por el potencial de advertirnos sobre la capacidad de autonomía que tenemos como individuos, y así luchar por no ser objetos con los que el destino juega dados).

Yo me comprometo a esforzarme para no tirar ningún tipo de basura en la calle (sí, a veces tiro por pereza algún papel u objeto pequeño, mea culpa), es un compromiso pequeño quizás, espero hacer más en el futuro.

Mientras logramos los cambios propuestos, es nuestra responsabilidad solidarizarnos en la medida de lo posible con las personas que salen más afectadas, todos estamos expuestos.

Quizás lo mío no sea tan dramático pero anoche brotó en el mejor sentido de la palabra una flamante gotera en mi cuarto, así que busqué refugio en la sala y regresé a los minutos a hacer recuento de daños, nada de otro mundo, solamente desvelarme barriendo y trapeando, y sí, fui capaz de ver al cielo nocturno y pensar: “qué maravillosa y espectacular tormenta, la próxima vez que me visites estaré mejor preparado”.

Raúl Otoniel (5 de mayo de 2013)

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