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Franz Chubert, el Ave María, y algunas cosas mías más


Tiene un origen interesante, en parte religioso, pues Schubert compuso bastante música sacra y aunque se debate el tema de sus creencias religiosas, se sabe que venía de una familia profundamente católica; la pieza tiene también un componente secular, porque hay una vena literaria universal presente en la misma.

La obra original se llama Ciclo de Canciones de la Dama del Lago, una composición coral de 7 cantos, uno de los cuales (el sexto) es el que se conoce como “Ave María” . Esta obra está basada en el poema épico La Dama del Lago, publicado en 1810 y escrito por el autor escocés Sir Walter Scott, el poema describe la lucha entre clanes rivales en la Escocia del siglo XVI.

La intención del compositor austríaco Schubert era crear una obra musical que incorporase fragmentos del poema, para lo cual se basó en una traducción del inglés al alemán. La pieza conocida como “Ave María” es la penúltima de la composición, su nombre original es “El tercer canto de Ellen”, y narra el momento en que Ellen, la protagonista de la historia, se encuentra en grave peligro en una zona montañosa y eleva una plegaria a la Virgen María.

Sobre el origen de la palabra “Ave” proveniente del idioma latín, es interesante notar que la invocación “Ave María” es básicamente un saludo a María, que en esencia significa “Hola María”. Los romanos utilizaban la expresión “Ave “por la mañana y la expresión “Salve” por la tarde, ambas tienen significados similares.

El Ave María es una de las oraciones que forman parte de la liturgia católica, y se basa en un pasaje del Evangelio de Lucas, esta oración se adaptó a la música compuesta por Schubert, por lo que en algunas versiones famosas, por ejemplo la ejecutada por Andrea Bocelli, el texto de la oración en latín ha sustituido el texto en alemán que Schubert originalmente había incluido.

Algunas cosas mías más: desde muy pequeño conocí la influencia del catolicismo, fui bautizado y asistía a misas con cierta regularidad, adicionalmente (y quizás sea lo más anectódico y personal para mí), mi mamá tenía una marcada devoción hacia La Virgen María y hacia algunos santos, devoción que se hacía manifiesta especialmente el 13 de junio, día de San Antonio, en esa ocasión se organizaba una celebración por la noche, llamada comunmente “rezo”, que inclúia muchos Ave María y bastantes Padres Nuestros.

Durante la tarde de ese día, mi mamá a veces con la ayuda de alguna de mis hermanas mayores elaboraba un altar decorado con un buen número de imágenes talladas en diversos materiales, y adornado por cortinas y pliegues de telas de diversas texturas. Esa noche, cerca de las 7:00 p. m., muchas señoras de la comunidad católica vecina llegaban a la casa, acompañadas de guitarras para los cantos y una considerable cantidad de rosarios (los rosarios merecen un episodio aparte, pues me he enterado que hay una rica historia allí detrás).

Siempre me inquietó el hecho de que en esas actividades participaran principalmente mujeres, quizás por ese prejuicio no me involucré mucho y prefería irme con mi papá a ver alguna película o serie de televisión a alguno de los dormitorios mientras terminaba el evento (además no encontraba mucho placer en la idea de repetir una invocación varias veces).

Mi momento favorito era el llamado “brinde” (supongo que es una variante de la palabra “brindis”), que ocurría al final de la celebración y consistía en repartir a los invitados e invitadas (actividad en la que sí, a veces me involucraba) café, chocolate caliente, panes y galletas de diversas variedades, y dulces tradicionales usualmente elaborados en las comunidades del interior del país (estos dulces traían recuerdos sombríos acerca de velatorios a los que había asistido, en los cuales se servían dulces similares).

Con el paso del tiempo, eventos y situaciones, la tradición se fue desvaneciendo, quedan algunos recuerdos. Muchas de esas señoras ya fallecieron, sin embargo valoro la imagen mental que conservo de ellas, particularmente el entusiasmo con el que asistían a las casas donde se les solicitaba su presencia para participar en algún rezo.

Más allá de la discusión teológica o de cómo he evolucionado en cuanto a mi apreciación del mundo sobrenatural, lo que transpira fundamentalmente en estos recuerdos es el amor. Cada vez que mi mamá me persignaba antes de dormir; o me pedía que tocara el manto de algún santo al que le tenía devoción; o me llevaba a que la acompañara a visitar una iglesia para contemplar a alguna figura tallada (algunas de las cuales me inspiraban temor por la tristeza y el dolor reflejados en sus miradas); o cuando dejaba una biblia en mi habitación, abierta justamente en el salmo 91, a fin de espantar cualquier “cosa maligna” que intentase dañarme; o cada vez que hicimos alguna cansada peregrinación a Esquipulas, con mi papá y mi mamá, para contemplar al Cristo Negro; siento que lo que se manifestaba allí era amor, el cual se puede expresar de muchas maneras, a veces mediante el intento de transmitir una devoción particular hacia una entidad superior. Esas muestras de aprecio, siempre las valoro y ocupan un lugar especial en mi memoria.

Raúl Otoniel (una mañana / tarde en la que tuve tiempo de ponerme a investigar un poco en diversas fuentes de internet y por supuesto en los depósitos y gavetas de mi closet cognitivo y emocional, el 28 de noviembre de 2012)

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