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Crónicas de un viaje, UTH y la muchacha de Tela


Sucedió en octubre de 2010.
Venía en el bus que el programa EDUCATODOS había facilitado para la gira de 3 días, como parte de una consultoría que hice ese año. Reclinado hacia la ventana iluminada por el sol verpertino, escuchaba esta canción mientras Ale, Claudia y José (mis compañeros de viaje y de consultoría) comentaban los buenos momentos de la jornada de trabajo recien concluida.

Estuvimos en 2 ciudades de la costa norte (San Pedro Sula y Tela), y la última visita fue a un improvisado centro de enseñanza en una aldea garífuna, donde la camaradería fue cálida y agradable, enmedio de un calor intenso y sofocante. Mi parte favorita de la canción es en la que dice: “algún día me crecerán alas..”, la letra en sí tiene un aire Kafkiano y existencialista, que hizo que me enamorara de ella.

Perdido en mis pensamientos viajaba reflexionando: al regresar a Tegucigalpa, terminaría de impartir una clase de Maestría, llamada Comercio Electrónico, una clase que disfruté mucho y que sería la última que impartiría en la institución UTH. En esos días había decidido retirarme, quizás el peso de la costumbre había hecho mella en mí, o quizás deseaba otros rumbos, el punto es que había alcanzado la sensación (temida a veces) de que ese ciclo se debía cerrar, un ciclo que me dio muchas satisfacciones y una serie de experiencias (tanto dulces como amargas), y en ese momento ya respiraba el aroma de la nostalgia.

Hoy recordé como corría por los pasillos para llegar a tiempo (a veces no era puntual) y mientras corría con maletín en mano, mis oídos iban invadidos por los auriculares en los que llevaba muchas veces esta canción sonando. Posiblemente había decidido que era tiempo de que “me crecieran alas”, y volar; sin olvidar (y es una lección de los años) que es un proceso duro y a veces doloroso, en el que las caídas están garantizadas y levantarse es desafiar a la gravedad y al conformismo, algo que sigo aprendiendo hasta el día de hoy.

En el restaurante del hotel en que nos hospedamos en Tela, conocí a una muchacha, era la mesera que nos atendió en el establecimiento, una joven de piel blanca como la arena de la playa y sonrisa auténtica como el sol de ese mediodía; sentí atracción inmediata, comencé a sacarle plática y eventualmente me dio su número de teléfono, lo cual requirió algún esfuerzo de mi parte, pues ella decidió darme los 7 primeros números, de los 8 con que se compone el total, mi trabajo era adivinar el faltante, pero bien después de un poco de ensayo y error, finalmente dí con el número y ambos sonreímos.

Así que también parte de los recuerdos en ese bus eran acerca de esa muchacha que conocí, posteriormente nos comunicamos, nos vimos en otra ocasión al año siguiente sin embargo no se dio una relación sentimental, aquello se convirtió en una amistad que sostenemos hasta hoy en día.

Ella ya no está en el restaurante y yo ya no estoy en lugares en que estuve, sin embargo permanece un aprecio y un cálido recuerdo. Viajar significa a veces dejarse llevar por la incertidumbre y exponerse a explorar hasta el alma. Llegamos a Tegucigalpa cuando la noche se había impuesto, presagio de que habrían nuevos amaneceres en mi vida.

Raúl Otoniel (2 de octubre de 2012)

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